Testimonio de Adriana Calvo de Laborde

López: Se llama al estrado a la señora Adriana Calvo de Laborde.
Ledesma: Usted no fue afectada personalmente por el accionar de las fuerzas cuya conducción tenían los imputados.
Laborde: Sí, señor.
Ledesma: Señora Calvo de Laborde, ¿fue privada usted de su libertad?
Laborde: Sí, señor.
Ledesma: Relátele al Tribunal, breve y concisamente las circunstancias de tiempo, modo y lugar en que ello ocurrió.
Laborde: Sí, señor. Yo me recibí de Licenciada en Física en la Universidad de La Plata, en el año ’70. Hasta el año ’77 trabajé en la Facultad de Ciencias Exactas como docente e investigadora de esa facultad. El día 4 de febrero de 1977, estando yo en mi casa, calle 528 número 1155 de la localidad de Tolosa, estaba con mi hijo menor que en ese momento tenía un año y medio de edad, repentinamente me vi rodeada de personas armadas; digo repentinamente porque en mi casa normalmente estaban las puertas abiertas, sin llave, incluido el portón que daba a la calle, es decir que esta gente entró sin necesidad de violencia, yo estaba en ese momento lavando ropa y me vi rodeada por gente que entraba y salía de mi casa, portando armas de no sé qué tipo, armas largas, esta gente estaba vestida de civil con una indumentaria muy particular de muchos colores, con gorras en la cabeza, con gorras con visera, de tela de jean recuerdo algunas, bueno empezaron a moverse por la casa a revisar todo, no desordenaron en general, abrían y cerraban cajones, abrían placares, simultáneamente el que aparentemente comandaba el grupo me hacía preguntas, me preguntaba si mi nombre era Adriana Calvo, si era esposa de Miguel Laborde, los demás ya les digo se movían por toda la casa y yo no atinaba a decir ni hacer nada. Ledesma: ¿Cuántas personas eran?
Laborde: Eran aproximadamente 10 personas, no puedo calcular porque mi casa tenía una puerta al frente y otra al fondo y entraban y salían por las dos puertas. Después de un rato de estar allí, no sé, diez minutos habrán sido, me dicen que tengo que acompañarlos, que lleve el documento, me permitieron llevar un paquete de cigarrillos e inclusive cambiarme la ropa porque yo estaba de diario, salimos por el pasillo, mi casa está en el pulmón de manzana, es un pasillo largo, cuando llegué afuera vi que estaban todos los vecinos observando el operativo, que había dos autos pienso, estacionados allí y a mí lo único que me preocupaba era mi hijo.
Ledesma: ¿A qué vecinos vio?
Laborde: Yo vi especialmente a los vecinos que viven saliendo de mi casa, hacia la derecha, que es el matrimonio González Litardo, y también vi al dueño del kiosco que estaba frente a casa, de apellido Contini, no puedo asegurar pero creo que había más gente en ese momento. Mi preocupación era mirar hacia atrás para ver qué hacían con mi hijo, mi hijo venía con ellos, lo traía uno y lloraba, por supuesto, y vi que se lo entregaban a un vecino, justamente al matrimonio González Litardo, creo que se lo entregaban, ellos estaban allí, inmediatamente me hicieron dar vuelta, me introdujeron en uno de los autos en el asiento trasero en el medio y a cada costado iba una persona, me dijeron que no me iba a pasar nada en ese momento que era para averiguar antecedentes, que enseguida me iban a traer de vuelta. Ni bien el auto arrancó dio vuelta la esquina, inmediatamente me pusieron un pulóver creo que era en la cabeza, me tiraron en el piso del auto y me pusieron los pies encima, bueno comenzaron las amenazas de que me iban a matar, etc., hicimos un recorrido corto, calculo que no habrán sido más de 10 minutos por la zona céntrica de la ciudad de La Plata, entramos en un lugar con un portón de hierro, un portón que hacía ruido, no puedo asegurar que fuera de hierro, y allí me bajaron ya, me sacaron el pulóver y me pusieron una venda de trapo en los ojos muy ajustada y me esposaron las manos atrás, yo para ese entonces estaba embarazada de seis meses y medio, es decir que ya era bastante avanzado. Me sentaron en una silla, en un lugar al cual no puedo describir, me pidieron el documento, tuve la impresión de que anotaban en algún lugar porque me hicieron parar primero frente a una especie de ventanilla, donde me volvieron a tomar los datos, me sacaron el documento y el paquete de cigarrillos.
Ledesma: ¿Identificó este lugar o las personas a las que se está refiriendo, alguna fuerza armada, de seguridad?
Laborde: No, yo en realidad no puedo asegurar que se trataba de algún lugar en particular, luego por los hechos que relataré a continuación digamos que tengo la sospecha fundada de que ese lugar se trataba de la Brigada de Investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, porque por conversaciones con otros detenidos me describieron el lugar, el movimiento de autos, el portón y que además aparentemente todos los procedimientos en ese momento comenzaban por ese lugar, este, allí me sentaron en una silla.
Ledesma: ¿Usted sufrió tormentos?
Laborde: No, no personalmente, no éstos que estoy relatando ahora, sufrí otros. Allí aprendí a lo que se llamaba…
Ledesma: ¿Cómo sabe qué?
Laberde: Porque se oía, señor Presidente, era un lugar muy chico éste y la sala de torturas estaba exactamente al lado de donde estaba apoyada yo en la pared y oía las preguntas que les hacían a los que interrogaban, en algunos casos oía las respuestas también, oía los golpes también, no puedo asegurar que les estuvieran dando golpes pero después yo vi a la gente, la vi sin venda cuando salía de esos lugares y bueno, el submarino fue algo que me llamó mucho la atención porque yo escuchaba esos ruidos y no sabía de qué se trataba, yo escuchaba ruido de agua, de que algo era sumergido en el agua y escuchaba después los estertores de una persona como ahogándose, era algo espantoso realmente, eso era el submarino mojado, le metían la cabeza adentro de un barril con agua, un tacho con agua, eso me lo han contado los que sufrieron esas torturas, yo escuchaba los ruidos, el submarino seco también, diafragma, por ahí se escuchaba el ruido de alguien que se ahogaba pero no se escuchaba el ruido del agua, después me enteré de que era una goma, una cosa así, que le ponían en la cara. Esa primera noche eso duró horas, horas, toda la noche.
Ledesma: ¿Qué gente lo reconoció por ejemplo?
Laborde: Yo no recuerdo en este momento, creo gente que en la CONADEP. Creo que se hizo un reconocimiento, yo no recuerdo los nombres de la gente que lo reconoció porque fue posterior, este lugar tenía dos ramas una hacia la izquierda otra hacia la derecha, a la rama de la izquierda daban dos calabozos chicos sobre este lado, un baño al fondo, y el del lado del frente había otra puerta donde había un calabozo grande. Eso lo puedo asegurar y más allá de ese pasillo era donde estaba la sala de torturas, sobre la derecha, sobre la rama derecha había, daba un baño grande en el cual yo estuve y sin venda, un baño grande con ducha, en cambio el de la izquierda era una letrina simplemente y muy chiquito. Bueno, esa noche siguió este tipo de tratamiento con los detenidos durante toda la noche, durante horas y horas, estábamos todo el tiempo sentados sin poder movernos, escuchando eso, con las manos atadas, esposadas, los ojos vendados, por fin llegó mi turno, me llamaron, me hicieron pasar, yo ya estaba casi a punto de desmayarme, empezaron a amenazarme, a zarandearme, a golpearme, me agarraban del brazo, me tiraban sobre una silla o no sé qué era eso, me insultaban.
Ledesma: ¿De qué tipo eran las amenazas?
Laborde: Te vamos a reventar, no salís más de acá, te vamos a matar, tus hijos no los ves más. Yo ni hablaba, ya no podía hablar.
Ledesma: Pedían alguna declaración.
Laborde: No, no en ese momento no pedían nada, estaban simplemente preparando. Mi estado nervioso realmente era lamentable, tanto es así, señor Presidente, que a pesar de que había estado oyendo el ruido de la picana durante horas, durante horas había estado oyendo los alaridos de los detenidos, en un momento me agarraron del brazo y me pusieron algo en el oído y yo pensé realmente que estábamos en la cocina y que estaban por prender una cocina con un chispero eléctrico era tal mi obnubilación que no entendía que eso era una picana, mucho tiempo después me di cuenta. Bueno, allí comenzaron las preguntas. La primera que me hicieron fue si conocía a De Francesco, a Carlos De Francesco, por supuesto que lo conocía. De Francesco fue también compañero de estudios de mi marido y luego trabajó en la facultad pero dos meses antes lo habían secuestrado, era muy amigo de mi marido, tanto es así que fue testigo de nuestro casamiento, les dije todo lo que yo sabía de él que era una excelente persona, me preguntaban por su militancia, por un viaje a Chile que había hecho mi marido como siete u ocho años atrás, yo no entendía nada, les decía que De Francesco no militaba en nada, que su ideología política era absolutamente nula, y seguían insistiendo con eso, seguían insistiendo, seguían preguntando sobre el viaje a Chile, un hecho que había ocurrido mucho tiempo atrás, cuando yo no estaba ni casada siquiera. Bueno, esta gente estaba muy cansada habían torturado toda la noche y por fin se cansaron de mí también, a mí en un momento me dio la impresiór que ni ellos mismos sabían, por qué estaba yo allá, se preguntaban entre ellos, yo no sé si eso era común pero realmente a mí me dio esa impresión, que no tenían la menor idea de por qué estaba ahí. Por fin uno le dijo al otro sácala y me llevaron nuevamente al pasillo. En ese pasillo estuve lo que quedaba de esa noche y todo el día siguiente. Las torturas se repitieron a la noche siguiente y también durante los siete días que estuve en ese lugar. En un momento me levantaron y me llevaron a un calabozo, al calabozo más chico que mencioné recién, el que daba sobre el pasillo de la izquierda. Ese calabozo, si es que se le puede llamar así, era un lugar de aproximadamente dos metros por uno, la mitad del calabozo estaba ocupado por un camastro de cemento, en ese lugar me encontré con cuatro mujeres más que estaban en las mismas condiciones que yo, la puerta era de hierro y tenía una mirilla.
Ledesma: ¿Las mismas condiciones se refiere a qué?
Laborde: A vendadas y atadas, vendados los ojos y atadas las manos, la guardia era muy estricta, pasaba cada diez minutos abriendo la mirilla, amenazando, gritando, no podíamos prácticamente hablar.
Ledesma: Usted todo esto cómo lo apreciaba, usted en ese momento tenía los ojos vendados.
Laborde: Sí, pero se oía el ruido de la mirilla cuando la abrían, cuando uno tiene los ojos vendados en esas condiciones el menor de los ruidos es importantísimo. Poco a poco cuando nos fuimos acostumbrando al lugar, creo que las primeras doce horas no pronuncié palabra en ese calabozo, no me atrevía ni a abrir la boca, me fui acostumbrando a ese lugar y fui estudiando la secuencia de que venía el guardia que era más o menos una secuencia regular y me atreví a preguntar qué era eso, por qué, era muy poco de todas maneras lo que hablábamos, allí me enteré en realidad no recuerdo si fue allí o después porque yo a esta gente que voy a nombrar ahora la vi después también en relativas mejores condiciones y me pudieron decir sus nombres. Allí estuvieron en esa fecha que era entre el 4 y 6 de febrero, María Delia Garín de De Ángelis una médica pediatra operada del corazón, embarazada de tres meses, sé que estaba operada del corazón porque me mostró la herida y me comentó después que la había operado el Doctor Favaloro y que cuando a ella la llevaron a torturar después de darle unos cuantos golpes cuando la desnudaron y le vieron la herida no se animaron a darle picana porque tenían miedo de que se muriera. Estaba también en ese calabozo Ana Mobili de Boneto, también me enteré que estaba su marido Roberto Boneto, esta chica tenía, me enteré después en el otro lugar de detención en que estuve, un aneurisma cerebral y aún no la habían torturado tampoco, pero en un momento lo llevaron al marido a torturar, le aclaro que sé que era el marido porque le preguntaban el nombre y nosotros escuchábamos, Roberto Boneto, lo torturaron durante horas, durante horas, y aparentemente no consiguieron lo que buscaban porque la vinieron a buscar a ella para torturarla delante de él. Se la llevaron y volvió, volvió muy mal, nosotros pensamos que se moría, estaba también en este calabozo Nélida Dimovich de Leguizamón una obrera de SIAP, y estaba una chica a quien no volví a ver más que se llamaba Rosa por eso no sé el apellido ni sé absolutamente nada de ella, con el correr de los días fue llegando más gente, todos los días llegaban nuevos detenidos y se reiteraban las torturas. Siempre era igual, durante el día había una calma relativa, salvo las amenazas de los guardias y de noche llegaba “la patota” y ahí cundía el terror realmente.
Ledesma: ¿Cuántos eran en el grupo que había de cautivos, de prisioneros que había en ese lugar aproximadamente?
Laborde: Yo no le puedo dar el número exacto, pero sé que el día del traslado se llevaron como a treinta (30) personas, creo que pasaron, en esa semana que yo estuve, más de treinta (30) personas por ese lugar. En los días siguientes, creo que fue el 8 de febrero, oí que traían a una persona que la voz me era muy conocida, se trataba de Jorge Bonafini, había sido alumno mío en la facultad, durante cuatro años, alumno mío, alumno brillante, de diez (10) absoluto de promedio; lo torturaron durante tres (3) días seguidos, también llegó Patricia Uchanski de Simón, oímos cuando la traían, oímos su nombre cuando la torturaban, oímos su tortura y luego lo trajeron al calabozo nuestro, la vimos llegar destrozada, con la boca hinchada, con los senos lastimados, con la vagina sangrante, Patricia Uchanski desde ese momento, se transformó casi en mi hermana, estuve con ella los casi tres (3) meses de mi detención, nunca la había visto en mi vida, ni nunca más la vi, pero me ayudó mucho, y estaba también allí su marido Carlos Simón, también oímos cuando lo torturaban y lo llevaron a otro calabozo.
Ledesma: ¿Seguía usted vendada?
Laborde: Si, yo estaba vendada, pero para ese momento, habían pasado como cuatro o cinco días, durante el día entraba luz de una ventanita que había en el calabozo, las que estábamos en el camastro, sobre todo la que estaba de espalda a la puerta, que nos turnábamos, podíamos levantar la cabeza y podíamos ver algo por debajo de nuestra venda, teníamos la precaución de ponernos de espalda a la puerta, de tal manera de que el guardia no nos viera, porque había como una pared detrás nuestro y la puerta comenzaba después, entonces el guardia por la mirilla no podía vernos, entonces nos inclinábamos así, bien por debajo les podíamos ver las caras, yo en ese momento no le vi nada más que la cara a Patricia Uchanski, a las demás las conocí después, inclusive esta chica Rosa que menciono ni siquiera puedo describirla, apenas si a Rosa le vi las piernas todas ulceradas, me acuerdo de sus piernas, Sr. Presidente, yo no voy a abundar en los detalles de las torturas, pero sí creo que hay algo que es importante que yo diga, y que yo cuente aunque es muy doloroso y pido disculpas a las madres que me estén escuchando pero, después de las cosas que he leído que se han dicho aquí, creo que es imprescindible que se haga justicia; el fin, la obligación de la patota era torturar. Lo hacían profesionalmente, en forma fría y calculada, no necesitaban de ninguna droga, de alcohol, de nada, estaban absolutamente conscientes de lo que hacían, pero Sr. Presidente, voy a contar el caso de una persona a la que no conocía, a la que torturaron durante días enteros, la patota la torturó día y noche sin piedad, con todos los métodos que he relatado y muchos más, por fin lo dejaron en paz y se fueron. Lo dejaron tirado enfrente a nuestro pasillo, oíamos el jadeo de esa persona, cuando la patota se fue Sr. Presidente, los guardias comenzaron a hacer un asado y a tomar vino y a emborracharse y a uno se le ocurrió torturar a este prisionero y comenzaron a torturarlo nuevamente, esta vez no querían ninguna información Sr. Presidente, se divertían y gritaban, era una orgía y lo único que querían y discúlpeme Sr. lo que voy a decir, pero el único objeto de esta tortura que duró horas y horas era que este prisionero dijera “Me la como doblada y mi madre es una hija de puta”, estuvieron horas torturándolo tratando que lo diga y no lo dijo Sr. Presidente, él no lo dijo, esto; lamento haberlo dicho pero creo que es Importante porque aquí se ha hablado de excesos y supuestamente éstos son los excesos, lo otro, la tortura fría y cruel, era un acto de servicio era obediencia debida.
Ledesma: Le pido Sra. que relate hechos y no califique.
Laborde: Sr. esto fue un hecho.
Ledesma: Tomo en cuenta su emoción, el hecho no cabe duda que lo fue, estamos hablando de su calificación posterior.
Laborda: Le pido disculpas Sr. Presidente, ya termino con esta parte, debo decir que en alguna de las torturas participaba una mujer, a la que nombraban con el nombre de Lucrecia, era aparentemente una colaboradora, a Patricia Uchanski la torturó ella y le preguntó sobre gente conocida, el viernes 11 de febrero por la noche, una semana después que habíamos llegado hubo un traslado masivo, se llevaron a todas las mujeres, en el calabozo quedamos Rosa y yo, del calabozo de hombres que estaba enfrente del más grande, sacaron a todos incluido a mi marido, en ese momento la puerta estaba abierta y yo lo pude ver pasar, le reconocí los zapatos, que era lo único que veía, se fueron todos, en el calabozo vecino, en uno de esos días intermedios hubo un intento de suicidio, uno de los prisioneros trató de colgarse de las rejas de la ventana con lo cual recibió más castigo todavía; a mí me dejaron allí toda esa noche sola ya la mañana siguiente, el sábado 12 de febrero me vinieron a buscar, me llevaron en lo que creo era un jeep, nuevamente de vuelta por el camino con pozos, me trasladaron a un lugar, detuvieron el auto, abrieron una puerta de rejas, me metieron adentro, me apoyaron contra una pared y me dejaron ahí, volvieron a cerrar la puerta de rejas, en ese momento se me acercó una persona y me sacó la venda, se trataba de Patricia Uchanski.
Ledesma: ¿Se trataba de…?
Laborde: Patricia Uchanski, la persona que yo había visto torturar, me dijo: Adriana no te preocupes, Miguel está acá, tu marido está acá, estamos todos juntos, allí me empezó a contar dónde estábamos, de qué se trataba, yo estaba desesperada y empecé a ver las caras de las demás prisioneras, el aspecto era espantoso, era la primera vez que yo veía gente después de siete días, estaban sucias, lastimadas, casi sin ropa, recuerdo especialmente el caso de Susana Auche, le falta Sr. Presidente, toda esta parte del pelo, por los golpes que había recibido, allí estaban además de las personas que ya nombré Susana Auche, Silvia Muñoz, Inés Menescardi de Odorizio, Diana Martínez, María Adela Troncoso de Bobadilla, Inés Ortega de Fosatti, espero no olvidarme de nadie, aunque más no sea nombrarlas una vez en este Tribunal.
Ledesma: El Tribunal le pregunta si estaba la Sra. Caracoche de Gatica.
Laborde: No señor. A la Sra. Caracoche de Gatica la vi en mi tercer lugar de detención, estaba sí María Adela Garín de Angeli, que ya la nombré, estaba Ana Mobilla de Boneto, creo que no me olvido de nadie, me empezaron a contar, lo primero que me dijeron es que estábamos en la Comisaría Quinta de Lá Plata, no les cabía la menor duda de que estábamos allí y ahora voy a relatar por qué; había muchos datos, yo estuve dos meses en ese lugar, lo conozco perfectamente y estuve dos meses en mi calabozo sin la venda, porque este calabozo Sr. Presidente, era una especie de pasillo donde daban cuatro calabozos y una letrina, cada calabozo tenía su puerta de hierro y este pasillo se comunicaba con el patio de la Comisaría a partir de un portón de rejas, ese portón de rejas estaba tapado con una chapa, que no llegaba hasta el piso, por lo tanto nosotros veíamos cuando se acercaba alguien e inmediatamente nos subíamos el tabique, así se llamaba, y nos metíamos en los calabozos, pero no entraba nadie, nosotros teníamos las puertas de los calabozos abiertas y podíamos estar todas juntas, podíamos sacarnos el tabique, charlábamos, nos veíamos las caras y nos contábamos de nuestra vida anterior, los motivos por los cuáles sabían que era la Comisaría 5 eran muchos, en particular Inés Ortega de Fosatti vivía muy cerca, era vecina de ese barrio y uno de los guardias la conocía y ella conocía a ese guardia, inclusive llegó a decirle que había visto a su hermana o a la madre, no recuerdo bien, le daba noticias; ella conocía perfectamente el barrio. Conocía el Seminario que estaba muy cerca de donde está la Comisaría 5, yo viví en La Plata, desde que me casé hasta el ’77, cinco años, pero no conocía La Plata, así que no recuerdo dónde está la Comisaría 5, creo que está sobre una Diagonal, pero sí recuerdo las campanadas del seminario y ella decía que era el seminario que estaba ahí cerca, conocía a los guardias inclusive a los guardias nosotros los veíamos, porque esta chapa que yo le menciono tenía agujeros muy pequeñitos por donde nosotros veíamos todo el patío de la Comisaría. Nosotros nos escondíamos detrás de la pared y mirábamos a través de los agujeros y podíamos ver todo el movimiento del patio de la Comisaría, veíamos a los guardias, los guardias estaban uniformados, con uniforme de la Policía de la Provincia, hacían la vida normal de la Comisaría, se turnaban, se iban adelante decían ellos, para atender las oficinas, atender la guardia de la calle, en fin oíamos todas las conversaciones, y muchas veces nombraron que estábamos en la Comisaría 5 en ese lugar, a ese lugar también llegaba la patota, evidentemente esta gente eran nuestros guardias, eran los que nos tenían, había oficiales, también el trato de los guardias era normalmente muy malo, salvo casos excepcionales, pero el trato que nos daban los oficiales era terrible, terrible cuando entraban ellos era el terror, nos amenazaban, nos pegaban…
Ledesma: ¿Aquí puede caracterizar mejor a la patota?
Laborde: La patota era gente vestida de civil, con voz de mando, ellos mismos decían que eran del ejército; otro dato importante es que yo oí, ahí en la Comisaría 5 en algún momento de los dos (2) meses, que esta patota pertenecía al COT, yo no tenía la menor idea de lo que era el COT, y lo supe muchos años después, cuando alguna vez salió en los diarios, referente al Coti Martínez, que yo no entendía si se trataba de lo mismo, esa fue la primera vez que yo oí la palabra COT en ese lugar y por las conversaciones de los guardias, cuando venía la patota, venía el COT, no sé a qué se referían; la patota venía una vez a la semana y tomaban lista, entraban en el calabozo con unos papeles y nos tomaban lista uno por uno, por nuestro nombre y apellido, teníamos que decir presente,, en el calabozo de mujeres era curioso pues había dos casos, en los primeros días, que no estaban en las listas; a ellas no les pasaban lista, era el caso de Diana Martínez e Inés Ortega de Fosatti, a Diana Martínez, creo que no la nombré todavía, era un caso muy particular, cuando yo llegué, me explicaron las chicas que no tenía que hablar con ella, que teníamos prohibido hablar con ella, ella estaba en un calabozo, no podía salir de ahí y no podía hablar con nosotros, no podía decirnos su nombre; a pesar de eso a medida que el tiempo fue pasando y yo fui entendiendo dónde estaba, fui hablando con ella, y hablé, al final nos quedamos casi solas, hablé mucho con esta chica, se trataba, Sr. Presidente, de la esposa de la persona que había puesto una bomba en la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, había sido detenida en diciembre del año ’76 o noviembre, no recuerdo bien, había sido terriblemente torturada según ella me contó, no sé si es verdad, a los padres y a la hermana los habían secuestrado, al principio no la dejaban hablar con nosotras, estaba como con un régimen especial, inclusive tenía unas prebendas, tenía comida especial, tenía, recuerdo perfectamente, un cepillo de dientes, ése era un artículo de lujo, y después que salí, Sr. Presidente, después que salí en libertad, leyendo una noticia periodística me entero por la noticia que habían matado en un enfrentamiento al marido de Diana Martínez y la noticia, ya estoy hablando de mayo de ese año, recordaba que a Diana Martínez la habían matado en un enfrentamiento en diciembre del ’76 y yo estuve con Diana Martínez desde el 12 de febrero del ’77 hasta mediados o fines de marzo de ese año, yo estuve un mes y medio con ella, cuando ya había salido en los diarios que estaba muerta y que la habían matado en un enfrentamiento, recuerdo que ella me contó que la secuestraron cerca de Constitución en un bar en un procedimiento público; qué voy a decir del régimen de higiene, comida, comíamos una vez al día y cuando venía la comida. Había muchos días en que no comíamos en todo el día, dos o tres días pasaban y no comíamos absolutamente nada, nada, por suerte teníamos una pileta dentro de ese pasillo y podíamos tomar agua, por suerte teníamos una letrina, y no teníamos que pedir permiso para ir al baño; la comida la traían, según ellos, del seminario, era siempre, siempre, los dos meses un caldo con algunas papas y algunos huesos adentro, nos decían qué esperábamos por comer, nos desesperábamos a punto tal de comer los huesos, realmente teníamos mucho hambre, pero mucho peor que nosotras estaban los hombres, de todas maneras, en ese lugar, nosotras teníamos algunas consideraciones, como por ejemplo, a veces nos dejaban la olla, les servían a los hombres primero y nos dejaban la olla y nosotras podíamos, como además la teníamos que lavar, podíamos comer hasta el final; no teníamos ni colchón, ni abrigo, ni cama, ni nada, dormíamos en el piso con frío, con calor, de a dos, de a tres, de a cuatro, de a cinco según las que fuéramos, muchas noches tuvimos que dormir sentadas, porque no entrábamos en el calabozo acostadas, y de noche nos cerraban la puerta con candado; la higiene era nada, en dos meses nos llevaron al baño dos veces, ahora voy a relatar cómo; ya las chicas cuando llegué, me dijeron que cuando nos llevaran al baño a bañarnos iba a poder ver a mi marido, se comunicaba directamente con el calabozo donde estaban ellos, había chicas que estaban hacía tiempo ahí, Silvia Muñoz estaba desde diciembre, el 23 de diciembre, era la más antigua, siempre la felicitábamos por eso, y ella me decía que a ella la habían llevado a bañar y había podido ver a los hombres y ella me dijo que estaba De Francesco allí; efectivamente en esos dos meses nos llevaron dos veces al baño, íbamos vendadas, agarrándonos de la que iba adelante en fila, nos llevaban y de paso haciéndonos chocar contra las paredes, pegándonos, empujándonos, etc., y nos metían en el baño de a cuatro o cinco; este baño, tenía una puerta que daba al patio, con mirilla, que daba al calabozo de los hombres, también con mirilla; mientras una se bañaba otra miraba hacia el patio y otra hablaba con su marido; ahí lo pude ver por primera vez a mi marido; ahí pude ver lo que era ese calabozo, Sr. Presidente, le puedo asegurar que los campos de concentración nazi no tienen nada que envidiarle, era un cuarto muy grande, con gente tirada casi desnuda, con un olor nauseabundo, olor a sangre, a orina, a transpiración; la gente ni se movía, ni siquiera el hecho de que estuviéramos allí los llevaba a poder levantarse; mi marido se acercó, me dijo que estaba bien, que estaban allí De Francesco, que estaba Félix; me contó que tenía mucho hambre, que tenía mucho frío, también allí pudo ver a su marido Patricia Uchanski, lo vio a Carlos, yo lo conocí también, lo conocí a Carlos Simóm, primera y última vez que lo vi, Ana Mobili de Boneto vio a su marido, a Roberto Boneto, María Adela Troncoso vio a su marido, a Bobadilla; Inés Menescardi vio a su marido, Roberto Odorizio y no recuerdo más nombres; eso se repitió en dos oportunidades, en la segunda vez que fuimos al baño ya estaban mucho peor, era realmente terrible…
Ledesma: Ud. dice ya habíamos pasado por tormentos; ¿Ud. sufrió tormentos en otro lado?
Laborde: No, en Arana lo que acabo de contarles, de empujones, de amenazas, de apretujones, de tirarme, yo, considere Sr. Presidente, que estaba embarazada de siete (7) meses; me refería a que todas veníamos del mismo lugar, inclusive el primer lugar que nombré era muy conocido para todas y todas decían la brigada, aparentemente el lugar de distribución de prisioneros, así lo decían allí; sin embargo en la Comisaría 5ta, también se torturaba, aparentemente este otro grupo de gente, que no era el COT, que tenía otros prisioneros entre los que estaban Inés Ortega de Fosatti y Diana Martínez, trajo otros prisioneros allí, pienso, si no recuerdo mal, que la primera que llegó fue Susana Falavela, en realidad su nombre yo lo conocí después, porque escuchábamos que llegaba gente, que llegaban autos; eso fue terrible, escuchamos, Sr. Presidente, que bajaban a gente y escuchamos a dos chiquitos que lloraban, a dos bebés de muy corta edad; no entendíamos nada, no entendíamos por qué había chicos ahí; me acuerdo perfectamente sus llantos, durante mucho tiempo, no entendíamos por qué había chicos en ese lugar, después se fueron, es decir, se fueron, no oímos más los llantos…
Ledesma: ¿Procuraron obtener información?
Laborde: Sí, yo recuerdo que ella decía “Yo soy enfermera” o algo por el estilo, yo soy enfermera, yo no sé nada, yo trabajo en el hospital, y preguntaba por el chiquito, dónde está mi chico, dónde está mi hijo, qué hicieron con él, eso es lo único que recuerdo de ese interrogatorio; después que termina esa sesión de tortura, que duró toda la noche, la trajeron al calabozo con nosotras, y ahí nos enteramos, de que se trataba de Susana Falavela de Abdala; estaba muy lastimada, recuerdo que tenía una herida muy grande en un pie, y que se le infectó y estuvo durante mucho tiempo con mucha fiebre y recuerdo que uno de los guardias le traía hojas de tilo para que se curara; esta persona tampoco estaba en las listas en las que estábamos nosotras, cuando venían a pasar lista, ella tampoco integraba esas listas; también detuvieron al marido, no sé si el mismo día, al día siguiente, a los dos días, pero ella reconoció en las torturas la voz de su marido Abdala, en cuanto a otras personas que estaban allí en ese momento, puedo decir que estaba el marido de Inés Ortega, Fosatti de apellido, que a mí me llamó mucho la atención el apellido Fosatti, porque un ordenanza de la Facultad era de apellido Fosatti, un ordenanza de muchos años y justamente era el hijo de este ordenanza; yo alcancé a verlo pasar una vez que pasé por el patio, alcancé a verlo, fue la única vez que lo vi posteriormente llegaron al calabozo Elena de la Cuadra, embarazada de unos cinco meses; a ella no la torturaron, pero sí oímos las torturas a su marido y creo que a su hermano también; alguna otra persone había. Torturaron a mucha gente ese día, que erar nuevos, que recién habían sido detenidos, y esta gente tampoco estaba en las listas del COT, cuando volvieror a pasar lista tampoco la nombraron a Elena de la Cuadra…
Ladesma: ¿Qué procedimiento de tortura había en ese lugar?
Laborde: Esencialmente allí era picana, el submarino y también conocí otro procedimiento que no había escuchado en Arana, que era el sapo, los tenían estaqueados en el patio, inclusive llegamos a verlos día; noche, en el sol, les tiraban agua. De otra gente que haya llegado, casi sobre el final llegó una chica…
Ledesma: ¿El final a qué fecha se refiere?
Laborde: El final fue antes del traslado, es decir últimos días de marzo, yo había llegado el 12 de febrero; llegaron dos chicas más, una era Elba Arteta de Casatro, una chica que era contadora, de mi edad, quizás un poco más grande, yo era la mayor, eran todas chicas muy jóvenes, y una chica de nombre Marta, que nunca pude recordar su apellido, delgadita, morocha, muy jovencita, habían sido terriblemente torturadas también; venían de otro lugar, no venían de Arana; por las cosas que ellas contaban nó era el mismo lugar; como experiencias terribles en este lugar tengo que contar el parto de Inés Ortega; Inés tenía en ese momento 16 años o 17; era por supuesto su primer hijo, estaba muy asustada, unos días antes de su parto comenzó con contracciones y nosotros comenzamos a llamar al cabo de guardia, así se hacían llamar; después de horas conseguimos que nos atendieran y les explicamos que estaba con contracciones, y dijeron que iban a traer a un médico; varias horas después llegó una persona de barba, delgado, morocho, lo pude ver porque después tuve oportunidad de conocerlo en circunstancias muy particulares… y por otra parte sé que se trata del doctor Bergés, que está con prisión preventiva ordenada por el Juez Piaggio, porque lo reconocí con posterioridad; ese doctor nos sacó de la celda a Inés y a mí, ya que estaba yo embarazada, aunque yo no tenía contracciones; nos llevaron prácticamente a la rastra, escaleras arriba, en una escalera de cemento, donde nos golpeábamos en todos los escalones; nos tiró en el piso y en menos de tres minutos, nos hizo un tacto a cada una; era sin duda un médico obstetra; dijo que estábamos perfectamente bien y nos volvieron a tirar en la celda; unos días después, comenzó el trabajo de parto de Inés Ortega; yo, que era la mayor, que ya había tenido dos hijos, me encargué de estar con ella mientras las demás pedían a los gritos ayuda; estuvimos todas gritando al cabo de guardia para que viniera; Inés tenía contracciones cada vez más seguidas, yo trataba de decirle que la respiración abdominal, que el jadeo; estaba tirada en el piso, desesperada; por fin, muchas horas después, comenzó su trabajo de parto por la mañana y vinieron a buscarla muy tarde a la noche, se la llevaron al cuarto de al lado, el mismo que usaban para torturar, la subieron a la mesa y vendada, oíamos sus gritos, oíamos las risas de los guardias, oíamos los gritos del médico y por fin oímos el llanto del bebé; había nacido un varón en perfectas condiciones aunque no lo crean; lo oímos durante un día que lo tuvieron en una celda chiquita, que había al lado de la nuestra, ella nos contó después que la dejaron con su bebé; después le dijeron que el coronel lo quería ver y que se lo iban a entregar a los abuelos; Inés no volvió con nosotras, nunca más aparecieron ni Inés ni su bebé, ella le puso Leonardo y nació el 12 de marzo de 1977, y estaba en perfectas condiciones y yo, después que salí, fui a la facultad y a través de la doctora Mocoroa, profesora titular de la facultad, le hice llegar a la familia esta noticia, le hice saber que habían tenido un nieto que se llamaba Leonardo; bien, por fin el 28 de marzo, llegó la patota, entró en nuestro calabozo, pasó lista nuevamente, y comenzó a decirnos a las que nos íbamos en libertad; primero le dijo a Cristina Villarreal, a quien creo que todavía no nombré; era también una obrera de SIAP, amiga de Nelly Leguizamón, que estaba allí desde el principio, desde que yo llegué; tenía mucho miedo, estaba muy atemorizada; le dijo que se iba en libertad; a la segunda fue a mí, me dijo usted se va, yo le dije señor, yo ya estoy por tener familia, y usted se cree, que me interesa tener otro bebé acá (no dijo bebé), usted se va; la siguiente fue Patricia Uchanski, ella le preguntó y él le dijo no…, vos tenes para un rato más todavía; todavía no apareció; a las demás no les dijo nada, simplemente les pasó lista; al día siguiente o al otro día, el 30 de marzo, vinieron y se la llevaron a Cristina Villarreal en un auto, junto con unos hombres, con uno de los hombres que sacaron del calabozo; posteriormente me enteré de que efectivamente está en libertad; el 1ro de abril hubo una gran requisa, un gran terror, nuevamente la patota, nuevamente los preparativos, se aproximaba un traslado, nos revisaron a todas nuevamente, entraron dos celulares en el patio de la Comisaria 5ta y comenzaron a llevarse a todas, solamente quedamos en el calabozo Inés Ortega, Elena de la Cuadra, Susana Falavela, Arteta de Casatro, Marta, se llevaron a todas las demás; no sabíamos adonde, en algún momento intermedio, se habían llevado por unos días a Inés Menescardi de Odorizio, cuando volvió, volvió acompañada de Anahí Fernández, y de una chica que llamaban Chela, que creo que el apellido es Perdigué, el apellido de casada; ella volvía de la brigada, así decían, y nos contaban que por allí pasaba mucha gente, nos contaban que había otros lugares de detención, nos contaban que había un lugar mucho peor, que estaba en Banfield, que tenía piso rojo, también se la llevaron en el traslado del primero de abril, sé llevaron a muchos hombres, a casi todos, debo decir también que los hombres estaban separados, en un calabozo, aparentemente estaban los de este grupo COT, y en el otro que estaba pegado al nuestro, estaba el grupo donde estaba Bonafini , De la Cuadra, Fosatti, Abdala, aparentemente, ésos eran del otro grupo.
Ledesma: ¿A los otros que la trasladaban, puede individualizarlos?
Laborde: No, señor, supongo que eran policías, pero lo supongo yo, podían ser cualquier cosa, yo iba acostada en el auto, vendada, los ojos vendados y con las manos atadas atrás, me dediqué, absolutamente todo el tiempo que duró el viaje, a decirles que yo me iba en libertad, que ellos me habían dicho que me largaban, que me llevaran a un hospital; ellos me dijeron que me llevaban a un hospital, me decían que sí, me decían sí a todo, me insultaban, les decía que estaba por nacer mi criatura, que no podía aguantar más, que pararan, que no era mi primer hijo, yo sabía que estaba por nacer; Lucrecia no hacía nada, el que manejaba y el que lo acompañaba se reía, me decía que era lo mismo, que igual me iban a matar, iban a matar al chico, qué me importaba; por fin, yo no sé ni cómo alcancé a sacarme la ropa interior, para que naciera, realmente no lo recuerdo; les grité, íbamos a toda velocidad por la ruta que une La Plata con Buenos Aires, iba el auto a toda velocidad, y yo les grité ya nace, no aguanto más, y efectivamente nació, nació mi beba, Lucrecia gritaba ya nació, paren; pararon en la banquina, estábamos exactamente frente al laboratorio Abbot, creo que es, en el cruce de Alpargatas; mi beba nació bien, era muy chiquita, quedó colgando del cordón, se cayó del asiento, estaba en el piso, yo les pedía por favor que me la alcancen, que me la dejen tener conmigo; no me la alcanzaban, Lucrecia le pidió un trapo al de adelante, que cortó un trapo sucio y con eso ataron el cordón, y seguimos camino; habían pasado tres minutos; mi beba lloraba, yo seguía con las manos atrás, seguía con los ojos tapados, no me la querían dar, señor Presidente, ese día hice la promesa de que si mi beba vivía y yo vivía, iba a luchar todo el resto de mis días porque se hiciera justicia; seguimos camino, inclusive se perdieron; yo viví toda mi vida en Temperley, no conocían dónde estábamos, pararon el auto y le preguntaron a un señor que estaba esperando el colectivo dónde quedaba la calle Molina Arrotea, porque estaban perdidos, yo estaba detrás desnuda con mi beba colgando, llena de sangre, por fin encontraron el camino, y llegamos al “Pozo de Banfield”, me dejaron en el auto, abrieron las cuatro puertas, como solían hacer; hacía mucho frío, era de noche, de madrugada, me tuvieron 2 horas, 3 horas allí con mi beba llorando en el piso y yo no podía hacer nada por recogerla; por fin, bajó o llegó el médico, el doctor Berges, cortó el cordón y se fue inmediatamente; les pedí por favor que me entregaran la nena, ahora que habían cortado el cordón, y alguien me la dio y la pude poner sobre mi vientre; ordenó que me subieran y me subieron; quisieron subirme con una camilla hecha con una puerta, yo me caía, la beba se me caía, golpeaban contra la pared. Yo pedí por favor que me dejaran subir caminando; subimos un piso, el famoso piso de cerámica rojo del que me habían hablado; ya allí supe que estábamos en Banfield, justamente porque habían preguntado en el camino.
Ledesma: ¿Por qué se llamaba el pozo de Banfield, señora?
Laborde: El pozo de Banfield es la brigada de investigaciones de Banfield; tuve oportunidad de reconocerla, primero con la CONADEP, y después con el doctor Piaggio; estuve dos veces en la celda donde me tuvieron; lo recorrimos todo y está exactamente igual, como estaba hace ocho años, la única diferencia que tiene es que en el segundo piso, al final del pasillo había un baño, que no se conectaba con el baño de al lado; ahora han derrumbado esa pared, y se nota perfectamente que está derrumbada; me subieron un piso, entré en un local muy grande que tenía mesadas de mármol, no de mármol, mesadas de azulejos blancos; había una camilla en el centro, me hicieron acostar; lo primero que hizo el doctor Berges fue sacarme el tabique y me dijo: “ya no te hace falta”. Eso y una sentencia a muerte era lo mismo. De allí en adelante les vi las caras a todos, realmente pensé que no iba a salir nunca más de allí; el doctor Berges me acostó en la camilla y de un solo apretón me sacó la placenta y la tiró al piso, mientras me insultaba; yo no hacía más, no escuchaba los insultos, yo lo único que decía era que a mí me habían dicho que me dejaban en libertad, que avisaran en La Plata, que yo me iba a perder, nadie me escuchaba; una vez que me sacó la placenta y la tiró al piso, mi beba la habían apoyado en la mesada, estaba sucia, lloraba, tenía frío, yo pedía por favor que me dejasen estar con ella; me hicieron pasar, me trajeron dos baldes y me hicieron baldear el piso y limpiar la camilla; me hicieron limpiar todo, tuve que hacer todo eso frente al oficial de guardia, frente a todos los guardias, que se reían; cuando terminé de limpiar todo me dieron mi vestido para que lo lavara; lo lavé y pude recuperar mi ropa interior también; después me dejaron agarrar mi beba y lavarla con agua fría, y tuve esa noche la deferencia de dormir por primera vez en una cama, en un catre en un calabozo grande que allí había cerca; me dormí, estaba agotada, me desperté muy pocas horas después temblando, mi beba se me había ahogado, casi se me muere; al día siguiente me vinieron a buscar y me hicieron subir otro piso; así llegamos a la zona de calabozos; me metieron al primer calabozo con mi nena, cerraron la puerta, inmediatamente empezaron a preguntar las demás detenidas ¿quién llegó?; yo dije mi nombre y nuevamente oí la voz de Patricia Uchanski, que estaba ahí; me gritaba Adriana, no puede ser por qué estás acá; empezó a los gritos y logró que el guardia la pasara a mi calabozo; estuvo conmigo, me ayudó con la beba, yo tenía dolores muy grandes, y ella me ayudó; después fui copociendo a las demás, ese lugar era peor todavía, allí nadie pasaba lista, a nadie le interesaba quiénes éramos, allí estábamos todo el día encerradas en un calabozo, allí no nos dejaban salir ni siquiera para ir al baño, allí no escuché tortura, pero era una tortura; allí Patricia me contó que había asistido a un parto, pocos días antes, el de María Eloísa Castellini; yo creí que no iba a volver a escuchar algo peor que mi parto, nunca en mi vida, sin embargo fue peor, fue en el piso del pasillo, tirada; Patricia la atendió, nació sola, era una nena, después que nació le alcanzaron un cuchillo de cocina; con eso Patricia cortó el cordón y se llevaron a la beba; cuando yo la conocí a Eloísa todavía tenía pérdidas, tenía leche, se sacaba la leche porque los pechos se le hinchaban mucho, también me enteré allí, y es una cosa muy curiosa, estaba entre las detenidas Manuela Santucho, la hermana de Santucho, el que mataron, habían sido detenidas ella, Cristina Navajas de Santucho y Alicia Lambra, las tres en julio del año ’76, ya hacía 8, 9 meses que estaban secuestradas, estaban muy bien, muy enteras, a pesar de las torturas, estaba María Eloísa Castellini y estaba una chica, la cual yo por muchos años no recordé su nombre, me acordaba el apodo, le decían “la Gata”, era muy bonita, rubia y ella me contó su parto y yo realmente pensé, pensé que se había vuelto loca, porque después de haber visto el parto, de Inés Ortega, de haberlo oído, después de haber vivido mi parto, después que me habían contado el parto de María Eloísa Castellini, lo que esta chica me contaba me parecía increíble, y yo pensé realmente que de las torturas había quedado loca, tanto es así que no recordé esta historia durante mucho tiempo. Esta chica me contó que había estado secuestrada en el Pozo de Quilmes así lo llamaba ella, que la habían llevado en el momento del parto al hospital de Quilmes, que la habían internado en el hospital de Quilmes, y que había tenido su criatura en una cama de un hospital municipal y que la había atendido una partera y una enfermera, y que ella le había dado a la partera y a la enfermera su nombre y el teléfono, no sé si la dirección, la forma de comunicarse con su madre, que ella tenía la esperanza de que le hubieran avisado, me dijo que había tenido una mujer, y yo no le creí, no podía creer que fuera verdad, y que después le habían quitado la nena y que la habían llevado allí. Muchos
años después me enteré que “la Gata” era Silvia Mabel Isabela Valenzi, y que toda esta historia era verdad. También llegaron en esos días, creo que fue un viernes, al viernes siguiente que yo llegué, dos chicas, Ana María Caracoche y Cristina Marroco. Cristina Marroco, muy golpeada, muchos moretones, había hecho un aborto porque estaba embarazada de dos meses, y por las torturas creo, había hecho un aborto, y Ana María Caracoche, con un brazo vendado, con un brazo enyesado, perdón, porque se lo había quebrado en el momento del secuestro o después, no me acuerdo, que me contó, con Ana María estuvimos juntas en el calabozo y charlando encontramos que teníamos que unas primas de mi marido eran conocidas de ellas, de ahí salió toda la relación familiar. Estuvimos charlando mucho y contándole yo de dónde provenían, y contándole que había oído en la 5ta el llanto de dos chiquitos, contándole que uno de los chiquitos era de Susana Falavela y que Susana Falavela me había dicho que era de una vecina, ella me dijo: esa vecina soy yo. Ese chiquito que vos oíste en la 5″ era mi hijo. A mí me llevaron mi hija con mi vecina, uno de los chiquitos que estaba en la 5a era el hijo de Susana Falavela, la otra era María Eugenia Gatica.
Ledesma: ¿Quién es ese oficial que mencionó?
Laborde: El oficial que mencioné es el oficial Rouse, que sé que tuvo contacto con mi familia, pero no lo conozco ni sé qué tipo de contacto tuvo… Ni sé qué noticias les daba, lo que sí sé… Ledasma: Su destino… su grado… Laborda: No sé absolutamente nada más… Leí su grado porque hasta un tiempo antes era su apellido.,. En la lista que publicó “El Periodista”. Después del informe de la CONADEP. Este Señor después de amenazarme me preguntó dónde vivía, yo sabía dónde estaba, yo sabía que estaba en el Pozo de Banfield. Había en el pasillo unas ventanas que cuando nos sacaban al pasillo a darnos de comer, cuando nos daban de comer… podíamos subirnos y mirar, y veíamos la calle. Yo veía el colectivo que pasaba por ahí y yo lo conocía. Yo viví 25 años en Temperley, entonces yo sabía dónde estaba y que estaba más cerca de la casa de mis padres que de La Plata. Y yo lo notaba que este señor estaba muy nervioso; este señor transpiraba, bajaba, subía… Evidentemente había recibido órdenes de liberarme, yo me di cuenta de que me liberaban, y entonces le dije que mis padres vivían en Temperley, le dije la calle, me preguntó la calle, me preguntó el número, me preguntó todas las manzanas, me preguntó todas las calles de Temperley, me preguntó el número de teléfono, me preguntó el nombre de mis padres, de mi madre, de mi abuela. Bajó… certificó todas esas informaciones que yo le estaba dando. No me cabe la menor duda, me volvió a preguntar de la estación Temperley de cuántas cuadras a Lomas, de cuántas cuadras a Banfield, de cuántas cuadras a Adrogué, le contesté todo y por fin me vendaron nuevamente, muy fuerte, me ataron las manos. Me dieron mi beba que me la habían sacado por unos minutos, a pesar de mis gritos… Mi beba, mi beba estaba llena de piojos, igual que yo, mi beba estaba desnuda. Estuvo todo el tiempo con un pañal… que eso fue lo que conseguí que un guardia que se apiadó de mí me trajera un pañal, y en el momento en que me liberaban, me trajeron un enterito color celeste, con un pañal estuve quince días. Tenía el privilegio de que me dejaban ir al baño, una vez al día, para lavar el pañal, y me trajeron un cajón de escritorio para poner a mi beba. Se llenó de pulgas. Yo pasaba el día sacándole las pulgas. Nunca había visto piojos, creo que eran piojos blancos, nunca los había visto. Después me dijeron que se llaman piojos de costura, yo estaba llena de piojos… y mi bebita también. Me dieron mi beba y la pude vestir. Este señor pedía desesperadamente que alguien me diera ropa. Yo estaba hecha una bruja, con un camisón con ojotas, me ataron las manos, me vendaron los ojos y uno de ellos llevaba mi nena. Cuando bajamos la escalera, escuché que unos de los guardias decía… Apaga la luz, o querés que nos vea todo el barrio. Hoy sé que ésa escalera tiene vidrios, que dan a la calle y que se ve desde afuera. La gente que baja y sube. Me metieron en un auto, me soltaron las manos, me dieron mi beba. Era un auto oscuro, creo que era un Renault, un Renault 12 negro, o azul oscuro, iban dos personas adelante y una persona conmigo atrás; me amenazaron nuevamente de que no hablara, que no gritara, que no los mirara, que no me moviera, iba vendada. Hicimos un largo camino. Yo ya lo conocía; por fin estacionaron; unas cuadras antes me sacaron la venda. Me dijeron que si abría los ojos me mataban… Estacionaron, abrieron la puerta y me dijeron bájate, no mires para atrás o te matamos. Me dejaron en la calle, en la calle Mitre entre Alcorta y creo que la otra se llama Correa, exactamente a una cuadra y media de donde vivo hoy, a tres cuadras o cuatro de donde vivían mis padres. Con mi beba, sin documentos, sucia, en camisón, con ojotas, caminé esas tres cuadras. Y toqué timbre en la casa de mi madre. Sr. Presidente… ahí terminó mi infierno… El de miles continúa, yo debo decir, Sr. Presidente, porque sé que Ud. me lo va a preguntar… Yo no militaba en ningún partido político, yo trabajaba en la Asociación de Docentes e Investigadores de la Facultad de Ciencias Exactas… Después del golpe la prohibieron, ni tampoco, ni eso, “ADIFSE” era la sigla. Yo, Sr. Presidente, no militaba en ningún partido político… pero mis ideas eran públicas, yo era docente investigadora de la facultad. Mis compañeros me conocían, me querían… Todos sabían cuál era mi posición política, no era ningún secreto. Yo fui profundamente antigolpista, dentro de mis posibilidades, con mis compañeros de trabajo que algunos decían que esto no se aguanta más… Yo decía, un golpe va a ser peor para nuestra patria, va a sembrar hambre y destrucción. Defendí el gobierno constitucional, posteriormente. Durante la época de la dictadura, lo poco que viví adentro de la facultad, efectivamente, me opuse a ello, dentro de mi lugar de trabajo

3 respuestas a Testimonio de Adriana Calvo de Laborde

  1. fernando dijo:

    muchas gracias realmente por poner a disposicion de todo el mundo semejante relato, yo particularmente tengo 25 años sabia del juicio a la junta pero no mucho mas, nunca lei acerca de eso, hoy finalmente tengo la posibilidad de hacerlo. creo realmente q esto deberia enseñarse en las escuelas ni olvido ni perdon!!!

  2. Alberto dijo:

    Impresionante el relato de Adriana. Un verdadero testimonio de vida y militancia que sirve de ejemplo para todos los pibes que por suerte no vivieron la época de terror que nos tocó atravesar.
    Descansá en paz, compañera

  3. walter dijo:

    Felicito a uds. la documentacion que nuevamente ponen a disposicion.
    espero que todos la lean

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